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Siete días y cincuenta y una historias en peregrinación a Lourdes En nuestra memoria colectiva, el nombre de Lourdes está asociado a los milagros. Las 67 curaciones reconocidas como milagrosas y un sinfín de historias de sanación han conseguido que la gruta situada en el Pirineo francés, donde la Señora tuvo a bien mostrarse a la pequeña Bernadette, sea el destino casi obligado de todos aquellos que en el fondo de su corazón siguen esperando que Dios sane en sus vidas aquello que sólo Dios puede sanar. También nosotros los peregrinos de la Diócesis de Jaén hemos caminado hacia la gruta de Lourdes para rezar allí a la Santísima Virgen. Todo el viaje ha estado concebido como una peregrinación mariana. El rosario rezado cada día y las distintas escalas a la ida y a la vuelta han alimentado nuestra devoción a la Santísima Virgen en sus distintos aspectos. Así hemos podido celebrar la misa en la basílica del Pilar en Zaragoza y, a la vuelta, hemos visitado el santuario de la Virgen de Montserrat en Barcelona y de Nuestra Señora de los Desamparados en Valencia. Tampoco han faltado los encuentros con la naturaleza, que con tanta facilidad elevan nuestro corazón al creador. Fascinante ha sido la visita al monasterio de Piedra (en Aragón) y a las cuevas de Betharran en el pirineo francés. Sin embargo, el corazón del viaje han sido, por supuesto, los días que hemos pasado en Lourdes. Allí nos ha acompañado, como maestra sabia la figura humilde de Bernadette. Después del 150 aniversario de las apariciones, el propio Papa Benedicto XVI ha pedido que Sta. Bernadette sea reconocida y presentada como un modelo de servicio y obediencia a Dios, no sólo en el momento de las apariciones sino, más allá de ellas, a lo largo de toda su vida Y en Lourdes… el milagro. No sólo el milagro que ocurre en Lourdes, sino el Milagro que Lourdes es. Porque Lourdes es un verdadero milagro que dura ya 150 años. Allí, los que en el mundo no cuentan, los enfermos e impedidos, aquellos que viven en primera persona el dolor de la discapacidad y de la limitación física, son tratados como los verdaderos protagonistas de una fiesta. Todo gira en torno a ellos porque en ellos brilla en toda su desnudez la grandeza de la dignidad humana, dignidad que no depende de las circunstancias en que la vida se desarrolle. Lourdes es también el milagro del voluntariado. Tantos y tantos, jóvenes en una buena proporción, que dedican su tiempo a atender a los enfermos que acuden allí. Los enfermos en Lourdes se convierten en la llave que abre el depósito donde se encuentra lo mejor de nosotros mismos. Ese milagro que hace que todos nos sintiéramos verdaderamente orgullosos de acompañar a María José, la única de los peregrinos que iba en silla de ruedas, como si todo nuestro viaje estuviera destinado a acompañarla a ella en su peregrinación y en su oración. Por último, al terminar nuestra peregrinación, a cada uno de los cincuenta y un peregrinos, nos queda también el milagro que en Lourdes acontece, ese milagro de aceptarse un poco más a sí mismo y de dar gracias a Dios en medio de nuestras propias limitaciones. El milagro que transforma la queja en alabanza, la petición en acción de gracias y que nos lleva a decir, junto a María: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Luis María Salazar García, presbítero
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