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Crónica de la Peregrinación a Polonia

Wadovice     Ante la cada vez más cercana beatificación del Papa Juan Pablo II, el Secretariado de Peregrinaciones de la Diócesis ha organizado una peregrinación a la tierra natal del Papa, siguiendo muy de cerca “las huellas de Juan Pablo II”. Más de medio centenar de peregrinos han podido ser testigos de la providencia divina sobre un joven polaco, natural de Wadowice que tocó con sus propias manos la miseria, el dolor y la prepotencia de unos y otros en una época de la historia que nunca se debe olvidar y que desde el centro de Europa nos sigue aguijoneando nuestras quizás dormidas conciencias.
     Desde Varsovia, una ciudad cosmopolita que fue borrada del mapa por decisión del dictador alemán de la II Guerra Mundial. Se pudo ver el esplendor de una nación que no se resignaba a perder su identidad en la historia de Europa. Donde se respetaba a los judíos desde su convencimiento católico y donde el joven Karol Wojtyla aprendió a llamarlos “nuestros hermanos mayores”.

     Pasando por Niepokalanów, uno de los santuarios más jóvenes de Polonia, vinculado a la figura de San Maximiliano Kolbe, fraile franciscano canonizado por Juan Pablo II, dado su martirio en el campo de concentración de Auschwitz. Y de allí a Czestochowa, santuario de la Virgen Negra, patrona y reina de Polonia. Centro de la vida religiosa y cultura de la nación que le da cobijo y se mantiene protegida bajo su protección. Centro de oración en los momentos difíciles –bastantes a lo largo de su historia- de los polacos.
     Auschwizt fue un mosaico de rostros en los peregrinos jienenses ante tanto dolor y sufrimiento provocado por hombres de nuestra misma naturaleza y especie, pero capaces de los mayores horrores que se han podido conocer en la historia hasta ahora, con la posibilidad de aumentarlos por otros motivos. Dijo Juan Pablo II: “Si el mal no se combate con el amor, volverá vestido de otra manera”. Y pudieron ver que ese mal se puede presentar aún peor y con mayor número de víctimas inocentes.
      Pero también hubo momentos para la paz y la felicidad. Así lo pudieron vivir en Wadowice, el pueblo natal de Juan Pablo II. Su casa, la parroquia en la que se educó cristianamente, las calles por las que jugó, la escuela a la que hizo también novillos como cualquier otro chiquillo. La paz que se respira en este pueblo se pudo vivir más vivamente en el santuario de Kalwaria Zebrzydowska, hasta donde llegó en compañía de su padre, a la muerte de su madre, cuando él tenía 9 años para aprender aquella frase que fue el eje de su vida como sacerdote, Obispo y Papa: “Desde ahora ésta será tu madre”. Se rezó el rosario en la misma capilla donde el niño “Lolek” oyó por primera vez hablar de María.
     Cracovia, ciudad del Arzobispo y Cardenal Karol Wojtyla durante más de cuarenta años. Se tuvo tiempo para visitar los sitios emblemáticos como joven estudiante y actor, como seminarista en un seminario clandestino, como sacerdote y, más tarde Obispo y Cardenal. Desde allí fue llamado a la Sede de Pedro en Roma. El santuario de la Divina Misericordia también fue un punto de obligada visita, donde se pudo celebrar la santa misa. Desde allí, en un largo viaje, se llegó a Praga.
     Días de mucha ilusión y experiencias muy variadas. Todas ellas relacionadas con una época que ha marcado enormemente la historia de la Iglesia en las últimas décadas. Ahora, desde estas experiencias se puede comprender mejor el pontificado de Juan Pablo II y sobre todo sus enseñanzas en el Magisterio de la Iglesia. Marcado por el sufrimiento y el dolor, puso siempre por delante el amor a Dios y a la persona, fuera quien fuera. Así se puede explicar su influencia en el mundo del trabajo, con el sindicato polaco “Solidaridad”, su grito fuerte ante cualquier tipo de guerra y amenaza a la humanidad, su denuncia ante los totalitarismos que esclavizan al hombre de todos los tiempos.
     Acercándose más a las raíces de un Papa que ha marcado la historia de la Iglesia desde la década de los setenta y ochenta, siente uno la necesidad de amar más a esta Iglesia nuestra. Leyendo un testimonio de un sobreviviente del campo de exterminio de Auschwiz, me di con este testimonio: “Para que no desaparezca Polonia, siempre tiene que haber alguien luchando por ella”. Esta es una de las muchas lecciones que Juan Pablo II nos puede dejar en esta peregrinación: “Para que no desaparezca la fe a nuestro alrededor, en nuestra comunidad, en la Iglesia católica, siempre tiene que haber alguien que luche por ella”.
 

     José Antonio García Romero, Párroco de San Juan Evangelista de Mancha Real